El ser humano ha perdido el instinto de supervivencia. Vamos hacia la extinción, puede más el afán de cotilleo que el instinto de preservación.

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Hoy mis queridos amigos les vengo a hablar del instinto de supervivencia.

El hombre, como mamífero, por lo menos según dicen los libros de biología tiene determinados instintos, entre ellos el instinto de supervivencia entendido como las conductas básicas que nos permiten preservar la vida y la salud, entre estas conductas se encontraría la evitación del peligro, la alimentación, la búsqueda de abrigo, etc.

Podríamos entrar a debatir sobre las funciones del sistema simpático y el parasimpático, las funciones vitales y lo que nos mantiene vivos, pero para el fondo del tema de hoy creo que sería excesivo.

El tema de hoy trata sobre la perdida de ese instinto de supervivencia tan primitivo y común a todos los animales. Ese instinto que nos permite sobrevivir como especie y que he llegado a la conclusión, bajo un estudio empírico, que hemos pedido, y por lo tanto nos llevará irremediablemente a la extinción.

Cualquier animal, el hombre también debería, tiene una serie de instintos, una serie de necesidades, unas prioritarias sobre otras, se podría decir que hay una serie de necesidades que debemos satisfacer, pero no todas tienen la misma prioridad y por lo tanto cuando aparece unas de mayor importancia que otras es necesario satisfacer estas de mayor importancia, para una vez colmadas estas, dar paso a las siguientes. Con permiso de los psicólogos por meterme en su campo sería lo que explica la pirámide de Maslow.

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Por poner un ejemplo, si tenemos ganas de ver la tele, muchas ganas, pero también tenemos mucha sed, mucha, primero beberemos para no morirnos de sed, y luego veremos la tele. La sed es una necesidad más urgente de cubrir que ver la tele ¿lógico no? pues he descubierto que no.

La necesidad más básica del ser humano, la más primaria, la más esencial, es la necesidad de cotilleo. Y la necesidad de grabar con tu móvil de última generación (o penúltima, o antepenúltima) lo que sea para subirlo a «tus» redes sociales y ser el más guay de tu portal, y casi casi hasta del portal de al lado.

Veíamos, o escuchábamos, hace no mucho como había ciertos jóvenes (se identificaba con los jóvenes) que ponían en peligro su vida, incluso llegando a perderla, por hacerse el mejor «selfie» en la mejor y más peligrosa situación, y en algunos medios de comunicación nos lo vendieron como algo residual, propio únicamente de jóvenes alocados y sin sentido. Bien mis queridos amigos, he llegado a la conclusión que eso es un virus y se ha extendido, quizá necesitemos al Dr. Simón para que declare otra pandemia y nos secuestre otra vez en nuestras casas para proteger la especie.

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Y a esta conclusión llego tras ver los videos que les voy poniendo. No es mi intención entrar en un critica constructiva o destructiva sobre la actuación de los policías que aparecen en el video, que actúan poniendo en riesgo su propia vida con una obligación legal. Para esas críticas o comentarios ya está la barra del bar, donde desde la distancia y agarrados a una cerveza todo se ve muy bien investidos de la sabiduría que da la jurisprudencia de la barra del bar.

Mi intención es hacer una reflexión sobre la actuación de los «mirones», esos honrados ciudadanos pertenecientes seguramente a la «España que madruga» que al escuchar disparos, señal inequívoca de peligro, no tratan de proteger su vida y con ello a la especie, si no que su sistema parasimpático actúa eficazmente para olvidar el peligro manifiesto y obtener su video.

En el video vemos a varios humanos, o eso parecen, que lejos de protegerse ante la situación de peligro que se ve, con gran arrojo y valentía ponen en peligro su vida agarrados a su móvil (o sin el) para ser testigos directos de tan extraña situación y ser los primeros en contárselo a su vecina, la de los rulos, la prima de la Loli, y poder contar mañana en la cola del supermercado lo sucedido en primera persona.

Bien mis queridos amigos, en vista de la actuación de estas personas, y ante la premisa, aún con riesgo de equivocarme, de que son humanos, llego a la conclusión que se ha perdido el instinto de supervivencia completamente superado por el instinto del cotilleo.Pero no acaba aquí mi reflexión, porque si solo fuera por esta situación podría concluir que se trata de una anomalía magnética que provoca que hayan confluido en el tiempo y en el espacio una serie de alienigenas de una civilización superior, carente de este instinto, seria una conclusión más lógica, pero la descarté al recordar que no es la primera vez que esto ocurre.

Los más antiguos del lugar recordarán los tristes hechos ocurridos el 6 de mayo de 2010 en la Puerta del Sol de Madrid, y para los que no se lo resumo en un momento.

Un señor, Santiago M.B., residente en el Puerto de Santa Maria, se desplazó a principios de mes a Madrid, por motivos que no viene al caso, pasó varios días viviendo en la calle y el 6 de mayo de 2010 se encontraba por el centro de Madrid. Tuvo una discusión con un transeúnte que le provocó un estado de irritabilidad.

Aunque la sentencia explica muchos motivos, sin animo de faltar a la verdad y con el único animo de resumir, diré que porque se aburría se le ocurrió atacar con un cuchillo a un agente armado de policía, para ello adquirió en una tienda un cuchillo de cocina de unos 10 cm de largo, con hoja corta y afiliada. Sobre las 20:30 al ver un vehículo policial aparcado en la Calle Arenal golpeó el retrovisor delantero izquierdo y lo rompió para atraer la atención de los policías armados, y permaneció en el lugar a la espera de los policías.

Al lugar acudió Israel, policía municipal de Madrid, junto con otros tres policías. Israel trató de hacer uso de su defensa policial, y Santiago sacó el cuchillo que tenía oculto, esgrimiéndolo en el brazo levantado le gritaba «la voy a liar» con el propósito de provocarle mientras avanzaba hacia Israel. Israel guardo la defensa, retrocedió unos pasos, y saco el arma de fuego (hizo una transición como dirían los del pollo con arroz).

No en el primer momento, hubo tensión, pero por resumir y no aburrir me saltare los prelliminares, sólo dejaré claro que hubo gritos y avisos. Tres disparos, tres aciertos, orificio de entrada y salido, Santiago al suelo… no murió pero casi.

Uno de los disparos, tras rebotar, alcanzó en el ojo izquierdo al viandante Antonio, que se encontraba paseando a unos 20 metros de distancia, en la confluencia de la calle Arenal con la Puerta del Sol, causándole una herida por arma de fuego en la órbita izquierda, quedando alojado el proyectil en el suelo de la fosa craneal anterior, hematoma intraparenquimatoso fronto- basal izquierdo, hemorragia subaracnoidea postraumática, estallido de globo ocular izquierdo, fractura de esfenoides y posteriormente estrés postraumático.

Como todos habréis supuesto, tanto Santiago como Antonio denuncian al policía (se querellan para ser más exacto), porque como diría un buen catalán «la pela es la pela», y el guardia siempre tiene dinero, como se suele decir «el hambre pica a la puerta del guardia pero nunca entra».

Bueno, llegamos al final, la parte de Santiago (el del cuchillo) me la salto por no tener relevancia para el fin del instinto de supervivencia, y me centraré en Santiago, que con el único animo de identificarlo más concretamente en este escrito lo llamaremos Santiago el cotilla.

Santiago reclamó en vía judicial (Audiencia Provincial) 587.304,84 euros por lesiones y secuelas, 14.500 por prótesis y facturas y 16018,77 euros por gastos al policía municipal, pidió mucho pero no recibió nada, quizá si cuando percibió la situación de peligro evidente, en vez de mantenerse expectante y atento a la situación para no perderse detalle de la película que se presentaba a su lado se hubiera resguardado y protegido, seguiría sin percibir ese dinero pero mantendría el ojo en su sitio.

Podría hablar más del tema, y de otros similares, pero esto se haría eterno y no es la intención aburrirles, prometo traer próximamente más casos sobre «el riesgo asumido» y cómo la especie humana va camino de la extinción, por hoy ya es suficiente.

Mis queridos amigos, me despediría recordándoles que nos vemos por los bares, pero no se si el ser humano durará mucho más habitando este planeta o se extinguirá irremediablemente, con lo que me conformo con desearles que sean felices lo poco que nos quede.